viernes, julio 12

El poder de la microbiota: por qué nuestras emociones o nuestra buena cara se deciden en el estómago | S Moda: Revista de moda, belleza, tendencias y famosos

No es una metáfora: que sintamos un nudo en la garganta en momentos de nerviosismo o que al enamorarnos cientos de mariposas aleteen en nuestro estómago es porque, literalmente, en el interior del aparato digestivo se decide gran parte de nuestra salud y bienestar. Para ser exactos, a lo largo del tracto intestinal y, sobre todo, en el intestino grueso, hay un complejo ecosistema de microorganismos que condiciona en gran medida nuestro funcionamiento. ¿Os suena el nombre de microbiota intestinal? Lo que conocíamos vagamente como flora intestinal, se trata en realidad de más de 39 billones de microorganismos, en su mayoría bacterias —y en menor medida, hongos, virus, arqueas, levaduras o protozoos—, con funciones totalmente diferentes entre sí, cuyo equilibrio y diversidad debería encabezar nuestra lista de prioridades diarias.

Aunque la ciencia tiene una deuda pendiente con el intestino y las funciones gastrointestinales son las más estudiadas, se ha demostrado que la microbiota influye en la salud de nuestro cuerpo. El biólogo estadounidense Jeffrey Gordon, pionero en este campo e impulsor del Proyecto Microbioma Humano, descubrió que la función principal de las bacterias que habitan en nuestro intestino es evitar las enfermedades. En las diferentes investigaciones que este doctor de la Universidad de Chicago ha publicado en los últimos 20 años, ha comprobado que el desequilibrio de la microbiota está relacionado con enfermedades como la diabetes, la obesidad o la desnutrición, pero también afecta en nuestro desarrollo neurológico e inmunitario. Según sus investigaciones, los niños que crecían con un sistema microbiótico mal desarrollado eran más proclives a sufrir determinadas patologías inmunes o inflamatorias.

Los expertos han comprobado también que la microbiota está estrechamente relacionada con nuestro estado anímico. Estudios publicados por la revista Gastroenterología y Hepatología en los que han participado varios especialistas del Instituto Danone señalan que las bacterias intestinales pueden sintetizar serotonina, adrenalina, dopamina y todas esas hormonas que nos ponen de buen humor. En otras palabras, la causa de que nos sintamos tristes o especialmente irritables puede estar en el desequilibrio intestinal. Y cuanto antes lo sepamos, antes podremos ponerle remedio. Porque la microbiota es totalmente única en cada persona y varía en cada momento de nuestra vida: la edad, la dieta, el estrés o el embarazo influyen en su equilibrio. La buena noticia es que una alimentación variada puede ayudarnos a resetear esos microorganismos que nos hacen la vida más fácil.

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Una nutrición consciente prolonga la calidad de vida

El ritmo de vida acelerado que llevamos provoca que muchas veces descuidemos nuestra alimentación, y nuestra microbiota es el reflejo de lo que comemos y bebemos. Hace más de cien años, el microbiólogo ucraniano y Nobel de Medicina, Elie Metchnikoff demostró que la mayoría de las enfermedades comienzan en el tracto digestivo, cuando las bacterias ‘buenas’ son incapaces de controlar a las ‘malas’. Considerado el padre clínico de los probióticos –antes de que el término existiera–, el experto recogió en su libro La prolongación de la vida: estudios optimistas, que el consumo diario de lácteos fermentados contribuye a eliminar los clostridios y demás bacterias responsables de los problemas digestivos y el envejecimiento prematuro.

El tiempo —y estudios como el recientemente liderado por la Universidad de Oviedo y publicado por la revista Nature Medicine que relaciona la salud de la macrobiota con la esperanza de vida— le ha dado la razón: cuanto más consciente y equilibrada sea nuestra alimentación, mejor será nuestra salud física y psicológica. Razón por la que los prebióticos y probióticos han ganado una posición cada vez más importante en nuestra rutina de autocuidados. El primer paso es saber distinguir quién es quién. Los probióticos —presentes en el yogur, kéfir y demás lácteos fermentados—, son los microorganismos vivos que habitan en nuestro cuerpo y contribuyen a su buen funcionamiento; mientras que los probióticos son fibras que se encuentran en alimentos de origen vegetal —los encontramos en cereales, verduras de hoja verde o frutos secos—, se podrían considerar el alimento de todas estas bacterias. En otras palabras, cuando renunciamos a algún alimento con la excusa de que nos hincha el estómago o ralentiza la digestión, es posible que estemos privando a nuestro organismo de nutrientes muy beneficiosos para la salud.

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Una vez conocida la teoría, el verdadero reto es aplicarla. Cuántas veces la falta de tiempo nos ha obligado a comer y cenar saltándonos los horarios, por no hablar de cómo el cansancio nos ha hecho recurrir a procesados que solo aumentan el malestar. Los nutricionistas coinciden en la importancia de llevar una alimentación consciente y los desayunos son una buena forma de practicarlo: tenemos un mejor control del tiempo, nadie osa molestarnos con emails o llamadas, y su sencillez a la hora de preparar es el mejor remedio frente la pereza. Tampoco es casualidad que Instagram, bajo el hashtag #girlfood, se haya llenado de desayunos vistosos, protagonizados por boles rebosantes de yogurt y todo tipo de cereales y frutas.

El reciente informe elaborado por la Sociedad Española de Microbiota, Probióticos y Prebióticos (Semipyp) en colaboración con Activia, ha demostrado que las leches fermentadas con probióticos reducen las molestias digestivas y mejoran la tolerancia a los alimentos. Otro de sus beneficios colaterales es que mejora el ritmo intestinal y debido a su poder saciante es nuestro mejor aliado para evitar el picoteo entre horas. ¿Qué debemos tener en cuenta a la hora de incorporarlos en nuestra dieta? Como señalan desde Activia, para que los probióticos cumplan su función, es imprescindible que permanezcan vivos en su viaje digestivo, solo así podrán formar parte de la microbiota y ejercer sus muchas y muy importantes funciones. Una condición que la marca cumple a rajatabla.

Lo que comes siente por ti, así que siéntate a pensar bien lo que comes

Cuidar la salud intestinal repercute más de lo que creemos en nuestro estado de ánimo. Como recoge el libro La increíble conexión intestino-cerebro de Camila Rowlands, ambos órganos están en constante comunicación. A lo largo de las paredes se extienden millones de neuronas y terminaciones nerviosas que recogen información de lo que está sucediendo en nuestro cuerpo, para que el cerebro actúe en consecuencia: qué debe sentir, qué debe hacer, qué debe pasar… Para que lo entendamos: ¿Cuántas veces hemos asaltado la despensa para arreglar un mal día? Como recoge el libro Inteligencia Digestiva, de la doctora Irina Matveikova, se calcula que el 90% de la serotonina se produce en nuestro intestino, gracias a unos aminoácidos presentes en huevos, plátanos o nueces.

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Eso tampoco significa que cuanto más comamos más cerca estaremos de alcanzar la felicidad. Se trata de relacionarnos con la comida de la misma forma que lo hacemos con nuestras aficiones. Si hacemos deporte porque nos genera dopamina o practicamos actividades manuales, como la cerámica o la pintura, porque reducen el estrés y mejoran la concentración, ¿por qué no convertimos nuestra relación con los probióticos en otro momento mindfulness?

Activia lleva años poniéndolo fácil con sus leches fermentadas de diferentes sabores —natural, con frutas o cereales— y kéfir. Cada envase contiene una mezcla única de cultivos, con una combinación exclusiva de fermentos y millones de probióticos —probióticos que se ha comprobado que llegan vivos hasta la microbiota y superan los 10.000.000 UFC por gramo—, que le aporta esa textura cremosa tan característica. Cremosa y, sobre todo, versátil: tan solo hay que pasarse por su web oficial e inspirarse en las deliciosas recetas que ha ideado el Chef Bosquet. Porque la salud no tiene edad pero sí muchas aceptaciones, en el caso de Activia es sinónimo de bienestar, placer y mucho, mucho sabor.