viernes, julio 12

Elvira Solana, o cómo hacer arquitectura a través de los murales | Placeres | S Moda

Elvira Solana ante una de las paredes que ha intervenido con sus murales en la vivienda familiar de la localidad cántabra de Santoña.Antártica

Apunta cada idea, cada pensamiento, en un cuadernito japonés de tamaño A5, muy fino, con tapas negras blandas. Elvira Solana (Santoña, 37 años) ha perdido la cuenta de los que lleva pulcramente garabateados, con bocetos de edificios descubiertos en viajes, plantas y alzados; con proyectos soñados y pendientes que algún día quiere hacer realidad; con paredes pintadas al detalle y planos de dónde se encuentra ese mural dentro de la habitación, dentro del edificio. “El contexto lo es todo”, repite como un mantra. Al pasar las páginas aparecen esquemas de los interiores que Renzo Mongiardino creó para los distintos pisos de la Casa Scaccabarozzi de Turín en los años ochenta, pero también disecciones de diseños de Gio Ponti, trazados de la Villa Imperial de Pésaro o bosquejos de frescos de casas pompeyanas. “Cuando empecé a estudiar la historia de los murales vi que desde el principio han sido un gesto muy pequeño con el que puedes cambiar completamente cómo experimentas y cómo percibes un lugar”, reflexiona Solana.

“Al final me salieron unos murales muy ochenteros”, dice la creadora, que amplió el espacio de la vivienda familiar con ventanas, puertas, estanterías…Antártica

Para familiarizarse con ese tipo de pintura se volcó en investigar y tomar apuntes. Porque no era a lo que se dedicaba, lo que había imaginado que iba a ser su vida profesional: ella era arquitecta, como su padre, había dejado Santoña para estudiar Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid y empezó a trabajar haciendo proyectos para distintos estudios. Hasta que llegó la crisis económica de 2008: “Los años más críticos para los estudios de arquitectura fueron de 2012 a 2016, esa época fue un desastre total. Y llegó un momento en el que dije: ‘Esto es insostenible’. Empecé a deprimirme porque pensaba que no estaba cotizando, que iba a cumplir 30 y no tenía un futuro… Nos pasó a muchos durante la crisis, nos reciclamos, cambiamos de profesión”.

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Elvira Solana, ante una de sus obras en su vivienda de Santoña.Antártica

De la madera a los pigmentos

Se dio un tiempo para averiguar por qué caminos la iba a llevar ese reciclaje. “Cuando dejé la arquitectura decidí dejarla al cien por cien, no quería tener más vínculos con esto, nada teórico, nada denso. Quería hacer algo tranquilo, que yo controlara”, recuerda, “a veces puedes olvidarte de cuál es tu singularidad y la mía era que trabajaba muy bien con las manos”. Abandonó el AutoCAD, los encargos recurrentes de parkings: “En 2016 rompí con todo. Antes de los murales, mi intención era probar con la carpintería, buscaba una escala más familiar, que yo controlase y pudiera llevar a cabo sin muchos medios”. Así que primero pensó en la madera. Viajó a Tailandia e Indonesia, quería aprender cómo se trabajaba ese material allí. Pero en lugar de regresar convertida en ebanista comenzó a dibujar de nuevo, algo que había dejado de lado con los programas de diseño de ordenador. Y así empezó a pintar.

Maqueta con el mural inspirado en las villas romanas que acabó dibujando en el baño de la casa.Antártica

“Pensé que podía probar durante un año y ver si funcionaba. Cuando creas un mueble necesitas un taller, y eso era un gasto de alquiler que no sabía si iba a poder cubrir. Y unos materiales, otro gasto extra, y produces sin saber si vas a colocar esas piezas, pueden venir otros y copiar las ideas que te han costado tanto esfuerzo y hacerlas más baratas… Hacer algo físico era muy arriesgado. Sin embargo, comprar unos pinceles y unas pinturas, coger la mochila y venirme a Madrid a empezar a pintar parecía viable”, argumenta Solana. Fue entonces cuando se lanzó al mural: “Me di cuenta de que lo que intento hacer es arquitectura con la pintura, la utilizo como elemento arquitectónico para transformar el espacio”.

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Una vez decidido el camino a seguir, surgieron las preguntas. “¿Por qué estoy pintando sobre una pared? ¿Tiene algo que ver con que sea arquitecta? ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué he acudido a buscar la escala humana y no la escala de la ilustración, del papel? Y entonces dándole vueltas y vueltas, investigando, empezando a leer, a mirar, a ver, te das cuenta de que esta separación de artes en sectores acotados del arquitecto, el pintor, el escultor, es una cosa bastante moderna pero en realidad antes no era así, no había esta separación”, afirma.

Algunos de sus apuntes y maquetas de sus proyectos, que luego pliega y conserva archivadas en cajas.Antártica

Solana habla rápido y gesticula con las manos mientras relata su historia. Cuenta que la primera oportunidad se la dio una amiga que tenía un bar en Madrid. “Luego otros amigos me dijeron que acababan de comprar una casa que llevaba años cerrada y la querían reformar, en la calle Bailén. Era espectacular, en un edificio de Cano Lasso, un arquitecto de los sesenta. Fue como si me tocara la lotería, tenía que hacer algo grande. Se me ocurrió ampliar la casa en 10.000 metros cuadrados a través de cinco murales, construir con la pintura un jardín y pabellones… Cuando lo acabé vino gente a verlo, conocí a los chicos del estudio de diseño Casa Josephine, me di a conocer en este mundo, en una cosa supernicho. Así me presenté: ‘Soy arquitecta, pinto murales, transformo la arquitectura a través de la pintura. Y esto es lo que hago”. Era 2018, empezaron a surgir nuevos proyectos. Desde entonces ha mantenido una vida anclada a una maleta, moviéndose por encargos (suele dedicar un mes y medio a la ejecución in situ de cada proyecto) y volviendo entre uno y otro a Madrid y Santoña. En esa villa marinera de Cantabria se recluyó durante el confinamiento de 2020, en un piso familiar que tomó como lienzo en blanco para experimentar. Respetó el mobiliario heredado, las repisas de madera. “Me tuve que adaptar al contexto y decidí mantenerlo”, indica. El resultado evoca a Giorgio de Chirico, pero no intencionadamente. “Me lo dicen. Aunque yo no lo mire directamente a él, sí he mirado a otros que lo han hecho”, admite. En las paredes creó falsas estanterías, geometrías imaginadas, incluyó colosos de aspecto pétreo y en el baño recurrió a pequeñas figuras en posturas íntimas y sexuales. Siempre con una intención detrás: “El mural tiene una parte figurativa innegable, y eso implica un mensaje, un simbolismo. Me gusta cuando es un poco irónico, como en el baño”.

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Un detalle del baño, inspirado en las villas pompeyanas. “Me muero de risa cada vez que entro a ese baño”, asegura.Antártica

El mundo de las ilusiones ópticas

Para desarrollar su forma propia de expresarse se empapó de referencias. Habla del muralismo de la Roma clásica, del mexicano, de los renacentistas y barrocos, los de las vanguardias… “Todo en el Imperio Romano estaba hecho con ladrillo y cemento, buscaban edificar rápido y expandirse y por eso construían con materiales muy humildes, pero lo revestían imitando materiales lujosos. La pintura sobre la pared parecía un mármol, un estuco, una ventana, un jardín…”, dice. Las ilusiones ópticas continúan hoy tan vigentes como entonces. Ella trató de incorporar a las suyas la técnica del fresco pero al final se decantó por el acrílico, más versátil, adaptable y duradero. En los últimos años ha pintado murales en la República Dominicana, el sur de Francia, Lisboa o Menorca. “Han sido casi todo particulares”, repasa, “cuando empecé pensaba que lo más común iba a ser tener clientes de hoteles, restaurantes…”.

Elvira Solana estudió Arquitectura y, tras la crisis de 2008, decidió volcarse en la pintura mural.Antártica

Pero eso también ha llegado: en los últimos meses el arquitecto italiano afincado en París Fabrizio Casiraghi le ha encargado una pieza para el restaurante Sant’Ambroeus de Milán y, además, sus creaciones han salido de la pared para pasar a las tres dimensiones, con una instalación en la milanesa Villa Necchi Campiglio por encargo de T Magazine, dentro de las actividades del Salone del Mobile.

Ve la capital portuguesa perfecta para desarrollar sus ideas por la cantidad de creativos a los que está atrayendo, “hay una comunidad artística extranjera muy interesante instalándose allí con muchas ganas de retos”. Los suyos, por ahora, están en el mobiliario y la cerámica. “Lo que ocurre es que la cabeza va muchísimo más rápido que las manos”, lamenta. Muchos proyectos, a los que se suma una reflexión constante. “Quiero ser coherente, vivimos en un mundo limitado de recursos, materiales y medios”, recalca, “forma parte del discurso futuro repensar la arquitectura”. Por eso cree que el auge del mural no será una moda pasajera; por ese poder de imaginar y transformar solo con un pincel.

Una habitación del apartamento.Antártica