viernes, julio 12

No, las mujeres de Vejer de la Frontera no llevan burka: historia de la misteriosa cobijada | Moda | S Moda

“Punza y penetra”, llegó a escribir el célebre viajero Richard Ford en 1845. Razón no le faltaba. Hablaba el británico de la cobijada, el enigmático traje negro que descubrió hace dos siglos en las mujeres de Vejer de la Frontera (Cádiz), un manto tan rico como sobrio y rodeado del misterio que envuelve la silueta femenina por completo y del que solo asoma un único ojo. ¿Llevan burka las vejeriegas?, se preguntan aún a día de hoy muchos visitantes fascinados ante la estampa.

No, estas mujeres gaditanas no visten burka, pero la confusión lleva varios siglos planeando sobre esta prenda de apariencia un tanto grave que en realidad esconde multitud de detalles de costura preciosos y que está viviendo un nuevo esplendor en la ciudad, especialmente entre las más jóvenes.

Decíamos que allá por 1832 el propio Richard Ford, el célebre viajero londinense de la Europa del romanticismo, observó impresionado a las mujeres engalanadas con este sobrio manto, que le recordaba al burka que portaban las mujeres moriscas. Sus orígenes, como explica para S Moda Juan Jesús Cantillo, doctor en Historia, director del Museo de Costumbres y Tradiciones de Vejer y profesor ayudante doctor del Departamento de Historia, Geografía y Filosofía de la Universidad de Cádiz, nada tienen que ver: “El cobijado envuelve a las mujeres vejeriegas en un halo de misterio que evoca reminiscencias de ese esplendor andalusí que pervivió en este territorio durante más de cinco siglos (desde el VIII al XIII). Sin embargo, y nada más lejos de la realidad, el cobijado hunde sus raíces en la Castilla profunda de los siglos XVI y XVII, y ni tan siquiera usa los mismos patrones que las indumentarias de origen islámico”. Pero no solo los patrones son diferentes, también los usos: “En el caso del cobijado, a pesar de que tradicionalmente ha sido relacionado con un traje vinculado a la cotidianidad, su uso estaba relacionado con actos religiosos. Por su parte, el burka es un traje que usan las mujeres musulmanas para cubrir su cuerpo y rostro en todo momento”, explica Cantillo.

El acto de cubrirse la cabeza, de hecho, fue una costumbre arraigada en los reinos peninsulares allá por los siglos XVII y XVIII: poco o nada tiene que ver entonces con el mundo musulmán. El traje de la cobijada, de hecho, seguía el modelo castellano de manto y saya.

“El traje de ‘Cobijá’ está compuesto por unas enaguas blancas con tiras bordadas, una blusa blanca adornada con encajes, una saya negra sujeta a la cintura, a la que le sobresale el encaje bordado de las enaguas. Un manto negro fruncido con un forro de seda que cubre a la mujer totalmente, excepto un ojo que queda al descubierto”, describen desde la Oficina de Turismo de Vejer.

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Un grupo de mujeres admira un monumento en Vejer de la Frontera.

¿Cómo llegó hasta Vejer?

“Cuando se expulsa a la población musulmana de Vejer a mediados del siglo XIII, se repuebla principalmente con castellanos. Es aquí donde puede estar el germen del traje. Estos castellanos portarían costumbres que fueron asentándose y evolucionando en la región. La vecina Tarifa es otra localidad donde el traje ha seguido evolucionando de manera paralela. Allí la llaman “tapadas”. Debió ser tan importante su implantación en los reinos cristianos que llegó a extenderse rápidamente por toda la Península, traspasando incluso fronteras y alcanzando el continente americano, donde posiblemente evolucionaría hacia otros modelos, como sería el caso de la tapada limeña durante el virreinato del Perú. La particularidad del cobijado de Vejer es que solo deja entrever el ojo izquierdo de la mujer, envolviéndola en un halo de misterio”, añade Cantillo.

Su uso estaba reservado a actos importantes, especialmente religiosos, pero este historiador confirma que nunca hubo imposición para que las mujeres la llevaran: “En absoluto. No había obligación de portar el traje. Era decisión de la propia portadora el usarlo. De hecho, existen numerosos documentos fotográficos donde se aprecian mujeres cobijadas acompañadas de otras que usan otro tipo de prendas”. Las vejeriegas “mocitas y casadas” lo llevaban a bodas, funerales, misas y procesiones: “En lugares públicos siempre solían ir tapadas y tan solo en lugares discretos y cerrados, como podría ser la iglesia, se destapaban y se colocaban sobre la cabeza un pañuelo”.

Hay referencias en archivos desde el siglo XV que nos hablan del traje de cobijada como parte de los elementos que se transmitían por herencia de madres a hijas, evidenciando con ello el valor sentimental y sociocultural que tenía. “Conservamos igualmente fotografías de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, de Jean Laurent y Minier, Ortíz Echagüe o el alemán Kurt Hielscher. También se conserva un traje original, quizás el único, en el Museo del Traje de Madrid. Fue llevado allí por Pelayo Quintero Atauri, entonces director del Museo de Cádiz, en el año 1933″, recuerda el doctor en Historia.

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“Hay quien piensa que, en su origen, este traje estuvo reservado a las clases sociales más elevadas, cuyas mujeres deseaban mantener un color de piel blanquecino para diferenciarlas de aquellas otras que, por pertenecer a clases más populares, se veían obligadas a trabajar de sol a sol. Por otro lado, aunque a simple vista da la impresión de ser un traje sobrio y pobre, en su conjunto destaca por la opulencia de su ornato”, matiza Juan Jesús Cantillo. Unos adornos delicados y costosos que dependían de la posición económica y social de quien lo llevara: a pesar de ser un manto aparentemente sobrio, era fácil diferenciar a simple vista una cobijada lujosa de una más humilde. Un “if you know, you know” de hace varios siglos.

Dos mujeres vestidas con la tradicional cobijada.

¿Y qué llevaban los hombres cuando las mujeres se ponían su cobijada? Cantillo recuerda que hay numerosos documentos e imágenes de archivo del siglo pasado donde se aprecia a la mujer vejeriega portando la cobijada en actos religiosos como si fuera un traje de gala, mientras los hombres estrenaban terno: “Aunque esto no deja de ser un hecho puntual y aislado, es significativo. Exceptuando esto, los hombres que acudían a la iglesia de manera rutinaria no portaban ninguna vestimenta especial”, explica.

La prenda podría haber desaparecido, pero desde los años noventa se ha reivindicado como traje típico y emblema de Vejer de la Frontera. Hoy, de hecho, es una pieza muy respetada entre las mujeres de la generación posmilénica. En realidad, la cobijada sí que cayó en cierto olvido hasta que en los años setenta se recuperó como elemento costumbrista: “Desde su origen esta indumentaria ha sido prohibida en numerosas ocasiones. Los reyes Felipe II en 1586 y Felipe III en 1610 decretaron su prohibición, sin embargo, la resistencia popular a estas decisiones permitió su continuidad en esta zona, hasta que [en 1936] el Gobierno de la II República lo prohíbe definitivamente amparado en el hecho de que podía enmascarar delitos al disfrazar la identidad de quien lo portaba. Desde entonces hubo varios intentos de recuperarlo, sobre todo en la década de los años cuarenta, sin embargo, la coyuntura económica y la situación de precariedad que asoló al país tras la contienda civil, obligó a la mayoría de las mujeres a reaprovechar los cobijados para otros menesteres, bien como ropa de calle, bien para cubrir otras necesidades del hogar. El uso del cobijado se recuperó definitivamente con la llegada de la democracia en el año 1976, pero solo como un elemento simbólico”, apunta Cantillo. Hoy solo se conserva uno anterior a 1936, en el Museo Nacional del Traje de Madrid.

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La cobijada sigue muy enraizada en Vejer, añade Juan Jesús Cantillo, como se puede observar con esculturas, logos de establecimientos comerciales, itinerarios culturales… “Las mujeres de hoy se sienten muy orgullosas de portar un elemento identitario, herencia de sus abuelas, aunque sea solo en actos protocolarios. Es una forma de perpetuar la memoria colectiva del pueblo, manteniendo tradiciones ancestrales de sus antepasados, teniendo un componente de un calado social mucho más profundo, al ser una mujer la que se encarga de mantener viva parte del legado heredado de sus madres, abuelas y bisabuelas”.

En la actualidad, costureras locales las confeccionan a mano a partir de patrones antiguos, usándose unos cuatro metros y medio de terciopelo negro para la saya y el manto y más de 12 metros de tiras bordadas para la camisa. “En todo este largo periodo de tiempo transcurrido desde sus orígenes hasta nuestros días, el arquetipo del traje apenas ha sufrido cambios en su forma, aunque posiblemente sí en su composición. Los tradicionales cobijados estaban elaborados de lana merina negra de gran calidad y teñidos posiblemente en la propia casa, mientras que las enaguas solían ser de tafetán de lino”, dice Cantillo. Aunque su composición “ha variado sensiblemente y se usan otro tipo de tejidos y tintes industriales, el traje en su conjunto sobre el cuerpo de la mujer vejeriega sigue en la actualidad evocando tiempos pasados que aún perduran en la memoria colectiva de sus vecinos como seña de identidad local y de referencia de la tradición”. Actualmente, se utiliza de forma oficial en las fiestas patronales, durante el acto de coronación cada 11 de agosto, donde se proclama entre el gentío de los presentes tanto a la Cobijada Mayor Juvenil como a la Cobijada Mayor Infantil, junto a sus respectivos cortejos de cobijadas de honor, quienes representarán durante el siguiente año a la mujer vejeriega en todos aquellos actos protocolarios organizados desde el Ayuntamiento. Hoy la cobijada es un orgullo local y un objeto de codiciado deseo entre las niñas y adultas que quieren representar a su pueblo.