Las tensiones entre Washington y Teherán atraviesan uno de sus periodos más sensibles en mucho tiempo, y aunque persisten contactos diplomáticos esporádicos, ambos gobiernos impulsan maniobras estratégicas que evidencian preparativos ante un posible escenario de choque directo.
El aumento de los activos militares estadounidenses en Medio Oriente ha coincidido con una serie de decisiones tomadas por Irán destinadas a reforzar tanto su defensa como su capacidad de ataque. Aunque siguen las conversaciones indirectas entre las delegaciones de ambos países, el entorno general continúa teñido de desconfianza mutua, presión bélica y cálculos políticos. La región observa con preocupación cómo estos dos antiguos rivales vuelven a colocarse al borde de una crisis de gran magnitud.
En la ciudad de Ginebra se desarrolló recientemente un nuevo intercambio diplomático entre representantes iraníes y estadounidenses. Las conversaciones, que se prolongaron durante varias horas, concluyeron sin anuncios concretos. El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, aseguró que ambas partes coincidieron en ciertos principios generales, una formulación que dejó margen para distintas interpretaciones. Desde Washington, el vicepresidente J. D. Vance sostuvo que Teherán no había aceptado los límites planteados por el presidente Donald Trump, particularmente en lo relativo al programa nuclear y al desarrollo de misiles balísticos.
La Casa Blanca, según fuentes cercanas al Ejecutivo, ha recibido avisos de que las fuerzas armadas estadounidenses disponen de la capacidad operativa necesaria para llevar a cabo acciones militares en un plazo breve si se emitiera la orden. En días recientes se ha detectado una concentración adicional de recursos navales y aéreos en puntos estratégicos de la zona. El mensaje es evidente: Washington pretende reforzar su poder de disuasión y mantener abiertas todas las alternativas.
En paralelo, Irán ha acelerado las labores de reconstrucción y refuerzo en instalaciones esenciales. Tras los ataques del año anterior —cuando Israel llevó a cabo una ofensiva que dañó infraestructura nuclear y de misiles— Teherán ha destinado recursos a restaurar bases aéreas, reactivar centros de producción y fortalecer complejos subterráneos. Imágenes satelitales examinadas por expertos independientes revelan una actividad considerable en múltiples puntos estratégicos.
Reconstrucción de infraestructura militar tras los ataques
Uno de los puntos más observados es la base de misiles Imán Alí, situada en Jorramabad. Allí, varias estructuras que habían sido destruidas fueron reconstruidas parcial o totalmente. Este complejo es relevante porque alberga silos y plataformas utilizadas para el lanzamiento de misiles balísticos, protegidos por terraplenes y túneles excavados en zonas montañosas. La reactivación de estas instalaciones sugiere que el programa de misiles continúa siendo un componente central de la doctrina defensiva iraní.
En la instalación aérea de Tabriz, vinculada a misiles de alcance medio, se han restaurado pistas y calles de rodaje que habían quedado inutilizadas por los bombardeos. Trabajos similares se han registrado en la base aérea de Hamadan, donde cráteres provocados por explosiones fueron rellenados y refugios de aeronaves reparados.
Especial atención ha despertado la planta de Shahrud, considerada una de las principales instalaciones de producción de combustible sólido para misiles. Esta tecnología permite una activación más rápida y mayor alcance, lo que incrementa la capacidad de respuesta del arsenal iraní. Expertos en no proliferación sostienen que la rehabilitación de esta planta podría incluso haber ampliado su potencial productivo respecto al período previo a los ataques.
Mientras tanto, en el complejo industrial conocido como 7 de Tir, cercano a Isfahán, se han reconstruido estructuras asociadas a la fabricación de componentes para centrifugadoras utilizadas en el enriquecimiento de uranio. Este sitio había sido objeto de sanciones internacionales y ataques selectivos. Su rápida recuperación refuerza la percepción de que Irán logró preservar parte significativa de su equipamiento trasladándolo o protegiéndolo antes de las ofensivas.
Refuerzo de complejos nucleares situados en el subsuelo
Más allá de la reconstrucción visible, Teherán ha intensificado el blindaje de infraestructuras críticas. En la zona de Natanz, en torno a un complejo excavado en la montaña conocida como Pickaxe, se han reforzado accesos con capas adicionales de hormigón y tierra compactada. El objetivo aparente es aumentar la resistencia frente a posibles ataques aéreos o misiles penetrantes.
En la instalación denominada Taleghan 2, dentro del complejo militar de Parchin, imágenes recientes muestran la construcción de un recubrimiento de concreto que posteriormente ha sido cubierto con tierra, creando una estructura con características de búnker. Analistas del Instituto de Ciencia y Seguridad Internacional, encabezado por David Albright, advierten que estas modificaciones podrían dificultar significativamente la neutralización del sitio en caso de una ofensiva.
Algunos especialistas, entre ellos Jeffrey Lewis, plantean que tras la operación israelí denominada Rising Lion quizá se haya infravalorado la capacidad de Irán para restablecer sus proyectos nucleares y de misiles, pues la velocidad con que se reactivaron las instalaciones y la posible dispersión anticipada del equipo revelan un grado de organización que dificulta las estimaciones estratégicas de sus oponentes.
Reconfiguración del aparato de seguridad y gobernanza
El conflicto previo también dejó en evidencia vulnerabilidades en la estructura de mando iraní. Durante los días de enfrentamiento, se reportó una descentralización temporal de la autoridad y dificultades en la coordinación. Desde entonces, el liderazgo en Teherán ha impulsado ajustes institucionales para reforzar la toma de decisiones en tiempos de crisis.
El Consejo Supremo de Seguridad Nacional ha sido fortalecido bajo la dirección de figuras cercanas al líder supremo Alí Jamenei. Asimismo, se creó un nuevo Consejo de Defensa con atribuciones ampliadas para escenarios de guerra. Como secretario de esta instancia fue designado Ali Shamkhani, veterano del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica que sobrevivió a un intento de asesinato durante el conflicto anterior.
Analistas como Hamidreza Azizi consideran que estos movimientos reflejan la preocupación del régimen por la posibilidad de ataques dirigidos contra su cúpula. La cuestión sucesoria en el liderazgo iraní, latente desde hace años, adquiere mayor urgencia en un contexto de amenaza externa.
Represión interna y control social
El refuerzo no se ha circunscrito al ámbito castrense; las autoridades han ampliado la supervisión y la represión frente a cualquier expresión disidente. Manifestaciones que surgieron por dificultades económicas terminaron convirtiéndose en reclamos más amplios contra el sistema político. La reacción del Estado abarcó detenciones a gran escala y el despliegue de fuerzas paramilitares, entre ellas la milicia Basij.
El gobierno ha acusado a manifestantes y críticos de colaborar con potencias extranjeras, especialmente con Israel. Este discurso se ha visto reforzado tras revelarse que el servicio de inteligencia israelí, el Mossad, habría llevado a cabo infiltraciones sofisticadas antes de los ataques del año anterior.
Incluso figuras reformistas vinculadas al presidente Masoud Pezeshkian fueron arrestadas bajo acusaciones de fomentar el caos interno. La combinación de presión externa y descontento interno ha llevado al régimen a adoptar una postura de mayor cierre político.
Maniobras militares y mensajes estratégicos
Mientras avanzaban negociaciones diplomáticas en Europa, Irán llevó a cabo maniobras navales en el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán. Durante una de ellas, unidades del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica bloquearon de forma momentánea áreas del estrecho de Ormuz, un corredor estratégico por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo del planeta.
La importancia geopolítica de este corredor hace que cualquier movimiento se interprete como un mensaje claro para los mercados energéticos y las potencias occidentales, y en ocasiones Irán ha advertido que podría cerrar el estrecho si sufre una agresión, una acción capaz de provocar disrupciones económicas a escala mundial.
Por su parte, Estados Unidos ha enviado dos portaaviones a la zona. En un episodio reciente, uno de ellos neutralizó un dron iraní que se acercó a muy poca distancia en el mar Arábigo. Asimismo, se registraron aproximaciones de embarcaciones iraníes a petroleros que navegaban bajo bandera estadounidense.
El académico Vali Nasr considera que estas medidas forman parte de una estrategia iraní destinada a incrementar los costos que Estados Unidos percibiría ante cualquier intervención militar, y desde Teherán se calcula que un choque directo implicaría repercusiones económicas, políticas y militares de gran peso para ambos bandos.
En este escenario, la diplomacia se mantiene abierta pero frágil. Las negociaciones indirectas continúan, aunque sin avances sustanciales. Washington exige límites verificables al programa nuclear y de misiles, mientras que Teherán insiste en su derecho a la autodefensa y al desarrollo tecnológico.
La dinámica actual combina señales de disuasión, preparación y presión política. Ninguno de los actores ha anunciado una decisión irreversible, pero ambos han dejado claro que están listos para responder si consideran que sus intereses vitales están en riesgo. La región, históricamente marcada por conflictos y rivalidades, enfrenta así una nueva fase de incertidumbre.
El desenlace dependerá de múltiples factores: la evolución de las negociaciones, los cálculos internos en Washington y Teherán, y la reacción de aliados regionales e internacionales. Por ahora, la reconstrucción acelerada de infraestructuras militares iraníes y el despliegue reforzado de fuerzas estadounidenses configuran un panorama en el que la preparación para la guerra avanza al mismo tiempo que la diplomacia intenta evitarla.